Bueno, para ser políticamente correctos debería decir Maratón de la Tapa, pero todos los que asistimos año tras años a este ejercicio de catarsis colectiva benaluense sabemos que es de la cerveza, o del tinto de verano, o del mosto o de lo que uno quiera beber. Este año hemos sido casi 300 (como si fuésemos el ejército de hoplitas espartanos de Leónidas). La cosa se nos está desbordando y no sería de extrañar que el evento se convirtiese en un acto lúdico-festivo de interés nacional, e incluso estatal, con la venia claro de España Directo, que este año nos ha dejado colgados.
Y bueno, la historia consiste en reunirnos todos los años, para honrar a nuestra Patrona, que es una patrona marinera a pesar de que nuestro pueblo es de interior, muy de interior, pero esta es otra característica que le da cierto punto al terruño. 300 fieras de todas las edades, todos uniformados, hacemos un recorrido por los bares adscritos al evento y a ritmo de charanga vamos bebiendo y probando las tapas que tienen a bien ofrecernos los garitos. En honor a la verdad, unos se lo curran más que otros, y no me refiero a la organización, que también, que se puede entender dada la avalancha de gente, que como he dicho cada año es mayor, sino a la calidad de esas tapas que en la mayoría de los casos deja mucho que desear y no hacen honor al nombre de la maratón. Otros en cambio si nos ofrecen pequeñas maravillas gastronómicas, lo que tiene mérito toda vez que deben servir 300 bebidas y tapas en un tiempo récord. Por supuesto cada año damos una placa conmemorativa al bar que mejor se ha portado, premio que sin duda se convertirá en un referente de calidad para el resto del año (juas!). Y entre cerveza y cerveza (or whatever) y tapas, y las coplillas menos políticamente correctas que se pueda uno imaginar de la charanga y la turba que le acompaña, y entre Paquito el chocolatero y Paquito el chocolatero (por cierto, debería ser el himno de España, creo que nos representa mejor que el que tenemos), pues nos pasamos unas horas de fiesta total. Este año comenzamos a las 8.30 p.m. y acabamos oficialmentea las 6.30 a.m., como “perricos” tirados por esas terrazas y calles de la singular Benalúa. No es nada baladí, este año se quedó mucha gente con las ganas de participar pero es que ya somos muchos. El ticket se cotizaba en la reventa como si de una corrida (con perdón) se tratase. A eso de las 12, cuando alcanzamos el centro del pueblo, ya “jartitos de tó”, para recobrar fuerzas, se nos riega como si fuésemos plantas y de esa manera nos crece el ánimo para enfrentarnos a la última etapa, la más dura, la que nos deja exhaustos de tanto reir, cantar, beber, comer y diluirnos en la masa. Y no hay nadie que no se sienta parte de esa catarsis, aunque no comulgue con los espantosos lemas de las coplillas de la charanga… Hasta el año que viene, que correré de nuevo la maratón, si mi cuerpo aguanta.
